Todas las imágenes que aparecen en este blog son propiedad exclusiva de su autor y están protegidas por la legislación española y los acuerdos internacionales sobre los derechos de la propiedad intelectual y, por tanto, no pueden ser descargadas, reproducidas y/o modificadas sin el consentimiento expreso y por escrito del autor. En caso de estar interesado/a en alguna de ellas, ponte en contacto.
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Queridos amigos:
Espero que al recibo de la presente se encuentren ustedes bien. Yo bien, gracias a Dios.
Una de las cosas más curiosas de este grupo, sin duda humano y antecesor del nuestro, es la forma peculiar en que practican el intercambio de bienes y servicios. En efecto, desconfiados como son por naturaleza, prefieren tocar la mercancía con sus manos, olerla e incluso probarla mientras discuten el precio con el vendedor cara a cara; razones éstas por las que la web y las app no tienen ni el más mínimo predicamento entre sus usos y costumbres comerciales.
Determinados días de la semana llenan las plazas principales de sus pueblos con tenderetes hechos de lonas sin tener en cuenta que éstas pueden ocultar a la vista iglesias góticas, palacios o antiguas casas señoriales. Lo importante de estos llamados "mercadillos" son los ajos, cebollas y otros productos de huerta, así como las bragas, calzoncillos y textiles de todo tipo, no el arte o la historia. Con tal motivo, incentivados por el griterío de los vendedores —¡a un euro, oiga, todo a un euro!— los homo sapiens sapiens de ambos sexos, especialmente el femenino, acuden en tropel y se reúnen en grupos para comprar y conversar sin ningún instrumento interpuesto al tiempo que, con los músculos faciales de sus rostros, generan una gran cantidad y variedad de emoticones.
Queridos homo sapiens smartphoniensis, los dejo por hoy pues, aprovechando, quiero comprarme unas zapatillas de imitación monísimas y a muy buen precio así que reciban un afectuoso saludo de éste su amigo, que lo es,
Miguel Arcángel de Vallejera y de Riofrío.
En un Mercado Persa - Albert Ketelbey.
NOTA: Esta serie, hasta el momento, cuenta con las siguientes entradas:
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La curiosidad es un impulso natural que nos lleva a intentar explorar el entorno para adquirir información, ampliar conocimientos y vivir nuevas experiencias. Aunque no es exclusivamente humana, personalmente considero la curiosidad como un signo de inteligencia a cuyo desarrollo sin duda contribuye.
Eso sí, como en otros muchos aspectos, en esto también hay grados. Por ejemplo, "La Curiosidad" de Maluma, creanme que lo siento —será que ya voy para viejo— , por más que me esfuerzo a mi no me gusta.
Sinfonía nº 5 en Do Menor Sostenido, IV Movimiento - Gustav Mahler.
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«Regreso rápido (si me dejan)». Así rezaba un cartel en la entrada de aquel desconocido negocio. En la calle, junto a la vieja y desvencijada puerta, una atractiva silla saltaba a la vista como una deferencia hacia los clientes, símbolo de que la ausencia prometía ser larga o, quién sabe, tal vez sólo como un señuelo.
Estuve a punto de ceder al impulso de la curiosidad pero, ya en el umbral, aquel «(si me dejan)» y la sensación de misterio impregnado de humedad y sombras que emanaba del interior despertó en mí la inquietud que, al darme la vuelta y ver la lata de disolvente apoyada en una de las jambas del portal, se transformó en pánico cerval.
Corrí resoplando hasta llegar sin aliento a la Plaza de España y me refugié en la Colegiata de San Miguel donde, acurrucado junto al retablo mayor, mientras con mi mano izquierda hacía la consabida "figa", repetí una y otra vez como una salmodia: "¡Meigas fora! ¡Bota fora, meiga!".
Dmitri Shostakovich: Sinfonía de Cámara en do menor, Allegro molto, Op. 110 - Norwegian Chamber Orchestra.
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